Que el cielo … juzgue

Recién terminado el visionado de “Que el cielo la juzgue”, me planteo que efectivamente, el “amor” (el irracional, el creado, el romántico…) no solo ha sido el opio de las mujeres, sino que encima se nos ha vuelto en contra.

La película retrata a una mujer maltratadora, agresiva, posesiva, celosa… Según dicen: enferma… Muy “los maté porque me estorbaban, porque lo distraían de mí”.

La violencia de género es la agresión verbal o física, incluso mental, de que una persona se crea superior a otra por razón de género. En general, existe una violencia de género (del masculino al femenino) generalizada en los estamentos, en la sociedad y, por supuesto, a nivel particular o “privado” (obsérvense las comillas).

No todos los maltratadores creen que las mujeres son inferiores en general. Puede que valoren mucho el trabajo de otras mujeres… o puede que no.

Si juntamos todos estos factores: amor romántico, control y posesión, machismo como tal, nos encontramos a personas inestables (hombres y mujeres) que maltratan a la otra persona, o así mismos.

Es injustificable, de cualquier modo, que nadie golpee, humille, insulte, mienta, coarte, obligue, ordene, manipule, chantajee, agreda sexualmente, asesine, amenace.

La dependencia emocional se crea, se distribuye, marca, se instala en ambas partes de una pareja. De ahí que ni agresores ni agredidas (partamos de unas estadísticas) sean capaces de encauzar una relación sana con ellos mismos, ni con los demás.

No queremos llegar al punto de juzgar y condenar, queremos llegar al punto en que eso no sea necesario, en que hombres y mujeres no se agredan, no haya estereotipos que vulneren la integridad de cada unx.

Para ello, es necesario terminar con un sistema patriarcal, unas cuotas, un techo de cristal, una desigualdad. Tenemos que terminar con la violencia generalizada por cualquier otra razón, sin dejar de juzgar con la mayor justicia posible los casos existentes. Tenemos que concienciar más y mejor a toda la sociedad de que es un problema global, en ningún caso es un problema particular, porque una mujer muerta en manos de un hombre representa muchos más aspectos de ese sistema patriarcal que parecen escondidos.

Solo así se terminará con las muertes de casi 1000 mujeres en España y quién sabe cuántas en el mundo.

No dudo que es una tarea complicada, difícil. Yo no voy a tirar la toalla.

Todas para una y una para todas.

Hasta mañana

Amanece. Hace frío en esta habitación, en esta casa. Es hora de levantarse. Manuela saca los pies de la cama y busca a tientas las zapatillas. Se alisa el camisón, se masajea en silencio el cuerpo, se pone la bata y sin encender ninguna luz, sale por la puerta.

Antonio duerme en otra cama, al otro lado de la mesilla, ‘respirando fuerte’, como dice él.

 

Con los dedos de las manos llenos de callos Manuela abre las contraventanas y observa los campos de arado entre grises y anaranjados. Es el mejor momento del día. Enciende la cocina con los leños que trajo anoche Antonio de la carbonera y duermen ahora bajo una repisa de madera. Sobre esta, cuatro tarros de cristal con unas pocas legumbres, la cosecha del año pasado.

Con el fuego encendido, en una cazuela pequeña, Manuela hace el café, se sirve media taza y, sentada en la mesa, respira profundamente -tan profundamente como se lo permiten las vendas del torso- bebe despacito un café solo, sin ningún tipo de acompañamiento.

“Hay demasiado trabajo para hacer hoy”, murmura. Ella es lenta y torpe y seguro que no podrá con todo. Pero no hay tiempo que perder en reflexiones banales, “las cosas no se hacen solas, Manuela”, oye en su interior. Recoge todo y con melancolía, mira una última vez por la ventana: “Hasta mañana, precioso, si Dios quiere”.

Delante de la puerta, llama suavemente con los nudillos:

-Antonio, Antonio… es la hora, levanta.

Se oyen ruidos del interior. “Ahora está mirando la hora y me dirá ‘media hora más” -piensa Manuela.

– Media hora más.
– De acuerdo, Antonio.

 

Las habitaciones de Julia y Antoñito están al otro lado de la casa. Hace unos dos años, Manuela consiguió convencer a Antonio de que Julia debía tener su propia habitación. No recuerda cómo lo consiguió – como muchas otras cosas que ha conseguido olvidar, buenas y malas-, pero está segura de que fue la única vez que convenció a Antonio de algo en su vida y si hubiera más, sin duda es de la que más se arrepiente.

Despierta a la pequeña con un abrazo y un beso y mira con ternura cómo alarga esos bracitos blancos, pero fuertes. Con diez años, ayuda a Manuela con la casa, la comida y la ropa.

– Vamos, cari… Vamos, Julia, -se corrige, cambiando el tono. “Ya es mayorcita… Diez años y ya es casi una mujer”, piensa temblando.

La luz que entra del pasillo, a través de una puerta verde astillada, no es suficiente. Las contraventanas chirrían y Julia hace una mueca cuando su madre deja pasar la luz del día.

– Mamá… – Pero Manuela no hace caso.
– Venga, muévete – azuza bruscamente- Primero despiertas a tu hermano, que se vista y desayunáis. Después…
– ¿No puedo ir al colegio con él? – interrumpe la pequeña.

 

Manuela mira con frialdad a su hija. Ya no hacen falta más palabras. La niña baja la cabeza y se calza. Hace un año, aunque tarde para su edad, Antoñito empezó a ir al colegio. Tenía ocho años. Manuela, deseosa de que su hija también fuera, no fue capaz de hablarlo con Antonio y, una vez más, no dijo nada. Sabía que esa lucha tampoco la podría ganar. “¿Cuándo dejarás de torturarme con esa pregunta, hija mía?”, le pregunta en silencio a Julia. La ira, la frustración dejan paso a la pena, al cansancio.

Julia sale por la puerta y Manuela escucha, mientras sacude las sábanas y mantas, cómo su hija despierta a su hermano menor:

– ¡Levanta, gandul! – imitando la voz de su padre.

Manuela sonríe tímidamente ante las gracias de su hija, termina de hacer la cama y va hacia la cocina. Cuando Julia y su hermano aparecen por allí, el desayuno está preparado: pan y leche. Cada uno en un extremo, impiden con sus brazos que la mesa cojee y eche a perder la leche y también la ropa.

En silencio desayunan, sonriendo inocentemente. Oyen a su madre llamar otra vez a Antonio, pero no oyen la respuesta. Antoñito termina su desayuno y sale corriendo a recoger su mochila. Julia, como de costumbre, recoge las tazas y los platos y se pone a fregar.

La mañana transcurre con aparente tranquilidad. La limpieza de la casa se realiza en silencio, con contadas risas y sonrisas cómplices entre madre e hija. La pequeña se queda sola a veces, cuando Manuela atiende a Antonio en alguna tarea en la cuadra o en el campo.

– ¡Manuela! ¡Manuela…!

– ¡Ya voy!

Manuela se apresura, coloca un peldaño carcomido frente al fuego y sube a Julia, quien tiene una cuchara de madera ya preparada en la mano.

– ¡Manuela, ven coño!

Destapa la cazuela e instruye rápidamente a su hija:

– No dejes de remover, hija.

Como por instinto, planta un beso a su hija en la frente y susurra: “Julia”.

– ¡Hostias! ¿Dónde te metes? ¿Qué puñetas estás haciendo?

La voz se acerca a toda velocidad mientras Manuela llega a la puerta, se calza los zuecos y recibe un manotazo en la cabeza.

– ¿Qué pensabas, vaga? ¿Pensabas que iba a entrar a buscarte? Joder, es que eres la hostia…

 

Julia observa por la ventana cómo su madre sigue a Antonio con la cabeza baja. Levanta la cuchara de la cazuela y empieza a sacudirla y a repetir lo que le grita su padre a Manuela. Y después se ríe: sabe que lo hace a la perfección. Su hermano le ha felicitado más de una vez.

La cuchara otra vez dentro del cocido, da vueltas sin parar, tratando de evitar que se pegue todo en el fondo de una cazuela que ya no tiene solución.

No ha reparado que, con su magistral actuación, ha salpicado la pared y la mesa de la cocina con algo de caldo. Tampoco ha reparado en que, con los aspavientos, el pedestal ha comenzado a crujir bajo sus pies.

Le duelen los brazos de mover y mover la cuchara. De vez en cuando, desde hace una media hora, se pone de puntillas y mira por la ventana. El vaho del cocido le impide ver con claridad el exterior, el camino, los campos…, a su madre. Además, la encimera es, a la manera tradicional de esas casas rurales y antiguas, demasiado ancha para su cuerpecito. No puede remover mucho más, así que decide descansar.

Deja la cuchara cuidadosamente sobre el borde del recipiente, se baja y después de quedarse pensando un par de minutos se agacha y alarga los brazos.

– Uno, dos, ¡arriba! Uno, dos, ¡abajo! – repite, mientras sube y baja, recordando los movimientos gimnásticos que le había enseñado Antoñito un par de días antes, después de enseñarle a escribir la “be” y la “ce”.

– ¡Julia! – la niña se sobresalta justo antes de recibir en todo el trasero un puntapié- ¿qué estás haciendo? ¡Súbete inmediatamente ahí y sigue removiendo! ¡Joder!

Manuela tiene el rostro lleno de miedo y lleno de ira. Le quita el cucharón a Julia con brutalidad y comienza a remover, rascando el fondo de la cazuela con angustia.

– Mierda, Julia, mierda.

– Mamá…

– ¡Cállate! ¡Cállate!- grita y sus ojos comienzan a brillar.

Aguanta como puede las lágrimas, pues no hay tiempo para tonterías. Rasca y retira lo que está quemado, tratando de esconder el descuido. Su rabia aumenta al pensar que la niña no pagará su descuido, su error, su culpa. No lo pagará con golpes, no lo pagará con moratones ni con costillas rotas. No lo pagará con violencias que queman entre las sábanas, ni con lágrimas, no lo pagará con silencios, ni con… A Manuela, extenuada, muerta de miedo, muerta por dentro, se le olvida que Julia lo paga con los engaños perversos de su padre, de noche, en su propia habitación.

– ¡Quédate ahí, remueve…! ¡Ay de ti como te muevas…!

Julia tiembla mientras Manuela se dirige al baño, se quita las ropas y se lava. Se lava entre las piernas la sangre que corre, se lava por detrás, por delante, por arriba, por abajo. Se frota tratando de eliminar la culpa, la vergüenza. Se observa, en los pedazos que quedan del espejo, el labio roto. Otra vez.

“Mírate, mírate, Manuela. Dime lo que ves. Dime qué coño ves… ¿Qué mierda es esta, Manuela? ¿Cómo se te ocurre? ¿Cómo se te ocurre dejar la comida sin atender? ¿Qué querías que hiciera? ¿Doblarme? ¿Poner a una Manuela en la cocina y otra en el granero, follando…? ¡No me contestes!”. Una bofetada resuena en su interior. “Arréglate y sal. Acaba la puta comida y compórtate. Parece que lo haces por joder”.

Manuela entra corriendo en la cocina. El peldaño se ha roto y Julia inconsciente, yace en el suelo. Se arrodilla, orientada hacia la puerta de entrada.

El cocido se ha pegado, definitivamente.

– ¡Julia!,  ¡Julia! – susurra en voz baja y abraza a su hija- Despierta, Julia, despierta, por favor. Mi niña… despierta, por favor.

Julia no se mueve. Su madre inclina la cabeza sobre su pecho y trata de saber si respira, si le late el corazón, si… si se despertará. Todo en su cabeza es confusión. Confunde sus latidos con los de su hija, la respiración de su hija con la suya, la propia.

Pero no hay tiempo que perder. Mira el reloj. Mira el cuerpo de su hija. Mira la cocina, con los chorretones de cocido deslizándose por la pared, por la mesa, por el suelo… Con la niña en brazos, se levanta y la lleva a su habitación. Deshace la pequeña cama, coloca a Julia y la vuelve a arropar, como cada noche. Le acaricia el pelo y dice: “Buenas noches, mi Julia”.

Cierra la puerta tras de sí, se alisa la ropa y respira profundamente. Por dentro, han desaparecido los sentimientos: la cocina sigue ahí. Echa los pedazos del peldaño al fuego, recoge la cuchara del suelo y después de pasarle un poco de agua, comprueba que ya no hay cocido que salvar. Con los años una aprende a improvisar platos de última hora, pero si se repiten muy a menudo… se nota. Él quería cocido hoy y no podrá ser. “No comerás cocido, a no ser que quieras ese”, se dice, mirando con desprecio la cazuela abandonada.

En una cazuela más pequeña, pone a cocer unas patatas y saca unos chorizos de la despensa. “Respira y cálmate. No cometas más errores hoy”. Mientras la comida se hace, recoge los restos de cocido de la pared, de la mesa, del suelo. Sin darse cuenta, tararea una canción que le enseñó su abuela materna aquel verano en que sus padres se fueron a Madrid a cuidar a su otra abuela. No recuerda la letra, pero seguro que hablaba de amores felices, como todas las del pueblo.

Mira el reloj, echa un vistazo a las patatas y apaga el fuego. Mira por la ventana, los campos se queman bajo el sol. “Hasta luego, si Dios quiere”. Es la hora.

Julia sigue inmóvil. “Qué guapa está cuando duerme”, piensa Manuela, al abrir la puerta y verla sobre la cama.

En su propia habitación, abre el armario y revuelve hasta encontrar lo que busca: un vestido verde, que sin duda ya no le cabe. Hace cálculos con los dedos. “Quince años. No, no puede ser”. Repite con los dedos. “Sí, quince años”. Respira profundamente y con el vestido en la mano, va a la habitación de Julia, la desviste y le pone el vestido. El pelo de la niña, oscuro y lacio, lo extiende sobre la almohada. Observa la perfección del cuadro, la belleza que encierra la estampa. Cierra los ojos y sonríe con dulzura.

De repente, un golpe la despierta de su ensoñación. Es la puerta de atrás. La puerta de la habitación está cerrada. Respira. Aunque estuviera abierta, daría igual, pues Antonio no va a pasar por delante. Nunca lo hace. Irá al baño, se lavará e inmediatamente se dirigirá a la cocina, donde se servirá y comerá sin más.

Manuela se queda mirando la puerta, con una sensación confusa de miedo y esperanza. Nada ocurre, pero nunca se sabe.

Antonio, sentado en su silla, levanta la cuchara y come las patatas. No es lo que esperaba, está claro, pero hoy ya está cansado de intentar enseñarle a Manuela qué tiene y cómo tiene que hacer las cosas. “Creo que cada día tengo menos paciencia”, reconoce para sí, como justificando lo injustificable, mientras mira la cazuela de cocido tirada en el fregadero. “Mira lo que me haces hacer, Manuelita”, piensa, y termina las patatas.

– ¿Dónde te has escondido? ¿Y el café?

Antonio se ha levantado. No le gusta levantarse de la mesa sin haber terminado de comer. No le gusta tener que ir a buscar a Manuela, ni a Julia, por toda la casa. “¿Es tan difícil que estén donde deben estar?”

– ¡Manuela!

 

El silencio reina en la casa. Fuera, el sol inunda el campo, los árboles frutales de la entrada, las rosas rojas que se arrastran retorcidas por las pareces blancas. El invierno no ha impedido que pequeñas pinceladas de color recuerden, a los habitantes del lugar, que la vida está llena de cosas maravillosas.

– ¡Julia!
Las puertas se abren, se cierran violentamente. La voz de Antonio sacude el silencio. Se acerca a la habitación de Julia, posa su mano en el pomo controlando el instinto de ser violento. Disfruta y se deleita con el giro del pomo, con los terrores pasados de su hija, en el interior. Al oír el clic, empuja la puerta. Todo es diferente a lo habitual, entre otras cosas, hay luz. Dos pájaros, parloteando en el alféizar, despegan el vuelo al interrumpir él la paz que reina en el dormitorio. Su rostro se desencajona, se desmorona, se agrieta, se rompe en mil pedazos. El silencio mece dos cuerpos inertes: el de Julia descansa sobre la minúscula cama blanca, con cabecero de forja negra, y el de Manuela, que cuelga del techo, desnudo, enseñando las pinceladas de todos esos años; acompañado, tan solo de un cinturón marrón, de corte masculino.

 

hastamañana_Naiara Muro

QUÉ COSAS ME DICES…

Tras las paredes de aquella casa, Susana y Julia se habían encontrado por primera vez. No recordaban nada de su pasado, ni si se conocían de antes, ni con qué otras personas; mujeres u hombres, habían disfrutado de noches sin dormir, ni días de largos paseos por la orilla del Sena envueltas en risas y conversaciones sin fin.

Todo era nuevo. Acariciaban sus pieles como quien encuentra un nuevo ser, explorando curvas y ángulos, sobresaltadas por giros inesperados. Cerraban los ojos de vez en cuando, tratando de descubrir nuevas sensaciones y tonos de voz.

Julia admiraba los cabellos rubios de Susana y se deleitaba pasando sus dedos a través de los rizos. Mientras, Susana se zambullía en los ojos color miel de Julia.

Ambas disfrutaban de un amor ajeno al mundo. Únicamente sus corazones palpitaban en aquel planeta azul y verde, lleno de química, que algunos llamarían magia. Se habían despojado de los disfraces y de las máscaras y, así, pudieron verse tal cual eran. 

Sin embargo, el amor es como una esponja y puede absorberlo todo a su paso. Incluso la vida.

Dejaron de salir con los amigos, pues con su compañía tenían suficiente. Julia dejó de fotografiar las calles de París para captar con su cámara solo a Susana. O a las dos juntas. Y Susana convenció a Julia para ir a montar a caballo todos los días y así no sentirse tan sola. 

Poco a poco dejaron de ir a trabajar. Con pequeñas excusas al principio. Salían antes. O llegaban tarde. O no llegaban, alargando así fines de semana, excusándose con enfermedades imaginarias.

A todas horas se decían palabras bonitas, de esas que todo el mundo quiere oír al menos una vez en la vida. 

Se adoraban sin duda alguna:

– Eres maravillosa, le decía Julia a Susana.

Y Susana no se lo creía, pero se sonrojaba, dejándose querer.

– No me puedo creer que exista nadie como tú, le susurraba Susana a Julia tras hacer el amor.

Y Julia ronroneaba de placer, abrazándose a Susana.

Infinitas palabras que se pegaban al corazón, tan dulces que subían los niveles de glucosa de la sal del mar. Caramelo elástico que las envolvía día tras día como una enorme crisálida.

Una noche de frío enero decidieron que era hora de celebrar su aniversario. Susana propuso un pequeño y coqueto restaurante de la ciudad y Julia se entusiasmó con la idea. Los dueños, una amable pareja que llevaba ya más de veinte años de matrimonio, las conocían desde el principio y se ilusionaron tanto con la celebración que decoraron para ellas una habitación apartada.

Llegaron juntas, como siempre hacían a cualquier sitio que iban. Guapas las dos, tanto por fuera como por dentro. Se sentaron, pidieron y se miraron a los ojos. Nunca habrían adivinado que sería la última vez.

Se cogieron de la mano por encima de la mesa, acariciándose los nudillos con los dedos y susurrándose, pues eso, palabras de amor, como la canción.

Llegaron los platos y comieron. Saborearon las delicias que la otra comía y se bebieron la alegría plena de amarse.

Y cuando terminaron, dijeron al unísono dos palabras.

 – Eres increíble.

Dos palabras que lo cambiaron todo en un instante. Dos palabras que en nuestro universo, no significan tanto como lo significaron en el suyo.

Tras decirlas se armó un revuelo terrible en el restaurante. Se sucedieron los gritos, se llamó a las autoridades, se realizaron pesquisas para saber qué había ocurrido y dónde estaban Susana y Julia.

Eres increíble”. Eso dijeron ambas jóvenes. Y de tanto creer que la otra era increíble, desaparecieron entre el perfume de las flores y los candelabros marchitos.

NO SE ABURRA

Tras los cristales caía recia la lluvia de un mes de abril cualquiera. Los codos, sobre la mesa gris de melamina, sostenían aquella cabeza redonda, llena de pelo rizado de color oscuro, pero más hueca que una cueva. Los ojos entrecerrados acompañaban a una boca entrecerrada que emitía un silbido rítmico invitando a una larga siesta post-comida opípara. La hora, las quince treinta, momento apropiado para dejar volar la imaginación e ilustrar mentalmente gusanos viajando por la autopista, colibrís posados en las enormes margaritas azules de la playa o peces de colores aleteando entre el asfalto de la calle. Alzó su mano hacia arriba con la determinación de que algo interesante ocurriera. Levantó su brazo y con sus dedos cerrados al máximo, tiró de todo el pelo que pudo agarrar con el puño. El grito, por fin, le despertó. Su hastío llegaba hasta ese punto de desesperación.

PERSECUCIÓN QUE NO ACABA.

Renuncio al contrato y salgo a la calle. El maletín de cuero marrón cuelga de mi brazo. Es de noche, pero las farolas mortecinas iluminan el estrecho camino. Me apresuro y me acerco hacia el aparcamiento.

Miro hacia atrás. Una sombra me persigue. Lleva algo en la mano.

Me asusto.

Me entra el miedo.

No me da tiempo a llegar al coche.

¿Dónde puedo esconderme?

Allí, entre las tinieblas.

Voy.

Me escondo.

Las manos me tiemblan y agarro el maletín como si fuera el osito de mi infancia .

Me giro en la penumbra para ver si todavía está allí, pero la maldita sombra ya ha desaparecido.

La Catedral

Nos hemos acercado sigilosamente. Comento con Julien que nunca había visto algo tan grande. “Tan monstruoso”, añade él.

Su traje adquiere una tonalidad verdosa a medida que avanzamos. Tiene miedo. Observo mis mangas y están amarillas. ¿Quizás debería sentirme más asustado? Me mira Claudette y me hace gestos para que avance más rápido, pues me necesita. Tomo las muestras que me indica de las paredes rugosas y blancas. Está construida con un material muy poroso, que se desprende con facilidad y cae en las bolsas para analizar. Noto como mi traje cambia de color y pasa a un violeta rosáceo. Claudette sonríe y se señala así misma. No hay miedo que pueda con nosotros, queremos saber más, mucho más.

Miro hacia arriba, tratando de vislumbrar donde acaba. Entrecierro mis ojos, pero una fina capa blanca, como de vapor, me impide ver lo que quiero y hacer cálculos de su tamaño.

Rodeamos la nave en grupo. Protocolo: lo importante es no separarse. Mantenemos siempre visible a nuestro compañero y soltamos un grito si dejamos de verlo. La capitana Klinkenberg camina la primera, seguida de Jean y Jolie, quien observa todo con ojos maravillados y no cesa de pasar la mano por las impresionantes paredes y por sus recovecos. Claudette y yo vamos después y cierran el grupo los mellizos Julien y Charlotte. Todos andan pendientes de cualquier movimiento extraño que pueda surgir de la nave, pero también de nosotros, que nos detenemos a recoger muestras de lo que parecen piedras y plantas; objetos que nos servirán para determinar cuánto tiempo lleva la nave inmóvil.

Tardamos 30 minutos en rodearla, pero después tenemos que dedicar otros 5 en llegar a lo que suponemos que es un portal, donde esperamos encontrar una puerta de entrada.

Julien y Charlotte nos han indicado todo el tiempo que no hay movimiento en el interior de la nave. Al menos no en las capas más cercanas al exterior. Nadie está exento de errar en este mundo, así que, por si acaso, nos preparamos para defendernos. Si es que conseguimos abrir la puerta y entrar. Hemos encontrado un punto de fisura en una de las paredes. El objeto en sí parece partido por la mitad, justo por la mitad, suponemos que puede tratarse de una entrada. El material del que está hecho dista mucho de aquel del resto de la nave. No se desmenuza tan fácilmente y es de otro color más oscuro. Su olor recuerda a uno de los seres vivos que estudié hace unos años en la escuela de viajes… ¿Cómo se llamaba? Me vuelvo a Charlotte y le pregunto si ella lo recuerda. “Madera”, dice, sin dudar, admirando la altura de esa pieza. Yo mismo dirijo mis ojos hacia arriba. Juraría que ambos tenemos la boca abierta.

De repente, Klinkenberg y Jean gritan al unísono. La puerta se abre y rápidamente, todos nos apartamos y nos pegamos a la pared. Nuestros trajes se han vuelto invisibles automáticamente, pero en pocos minutos volveremos al estado normal. En la entrada, esperamos expectantes, en silencio, órdenes de entrar.

Nos giramos hacia la oscuridad interior. No vemos nada en absoluto. Solo negro. Unos ojos brillantes me miran desde la oscuridad, oigo un gruñido aterrador. Respiro. No, solo son los nervios. No hay nada. Solo vértigo y curiosidad, pánico y latidos acelerados. Jolie da dos pasos hacia atrás. Klinkenberg pone una mano en su hombro con firmeza y le anima a avanzar. Es importante mantenerse unidos. Es más seguro. Oigo como la novata respira profundamente varias veces y asiente. Vamos a entrar.

Tras unos instantes de total ignorancia en el negro abismal, los ojos de los primeros se van haciendo a la escasa luz existente. Las primeras expresiones son de asombro y magnificencia. Nuestros pasos resuenan en las eternas paredes del interior, tan altas como las del exterior. Es una nave casi hueca, nos repetimos unos a otros. Sí, es cierto, es un espacio hueco, donde el sonido se repite constantemente hasta que se pierde en las gélidas paredes. Finas columnas se esparcen por la superficie como los árboles de aquellas fotos de los libros. Es realmente impresionante y no creo que nunca haya visto nada igual. Y creo que nunca lo volveré a ver.

Descubro figuras e imágenes decorando toda la estancia. Me acerco cautelosamente. Las figuras, magníficamente labradas sobre columnas o paredes, nos observan desde sus cuencas vacías. Me quedo mirando una de ellas fijamente, por si se moviera. Espero y espero. No ocurre nada. Me aterrorizan y a la vez no puedo apartar mi mirada. Son tallas perfectas, muy expresivas, con sus alegrías y sus tristezas en el interior. ¿Quién o qué las habrá hecho?

Alzo la vista hacia la parte superior. La poca luz del interior proviene de las alturas, de unos cristales de colores pegados en las paredes. Otra vez las mismas imágenes. No exactamente las mismas, sino… Hay unos motivos que se repiten sin cesar. Ciertos personajes, ciertos animales. Algunos grupos de cristales no tienen motivos, se trata de composiciones que parecen abstractas. Emiten luces de colores que hacen que me sienta confuso y que me entren ganas de llorar y de reír a la vez…

En mis ensoñaciones, un grito me despierta. Salgo del embrujo en el que me estaba dejando llevar… ¿o será la propia nave?

El grito proviene del fondo. Miro hacia allí y Klinkenberg está agachada sobre Jolie. Todos corremos hacia allí entre bancos de madera oscura. Jean tropieza y cae. Afortunadamente, se levanta sin rasguños ni fisuras en el traje. Eso podría ser mortal en este espacio desconocido. Jolie parece estar bien. Se ha desmayado. Mientras Julien le atiende, yo miro a mi alrededor y entre brillos dorados descubro que ha causado tal impresión.

Un cuerpo colgado. Sangrando. Sufriendo.